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©Sonia Jiménez Tirado

Memorias de una contorsionista

Te dije que te fueras para probarme la suerte y la única bala de la cámara se derramó en mi sien.

Supongo que la voluntad del universo quiso que la furia entre las sábanas no fuera un lenguaje válido y por eso nunca llegamos a entendernos.
Sabías de música lo justo y de vísceras en exceso, tanto que a veces sentí tus dedos palpar la apertura exacta de mis costillas. Fuiste carnicero impredecible. Te recuerdo en este espacio blindado que reservé por si me llovían reproches y mi coraza no estuviera lista. Intenté llamarte justo cuando cerraste la puerta, pero cien pájaros de hierro graznaron en ese momento y mi lengua desapareció de mi boca. Quise aprender morse, pero en tu oscuridad nunca hubo espacio para mis luces.

Mantengo el pulso y el azúcar, los cristales rotos y una tela basta sobre mis hombros que me recuerda que sigo aquí. Conservo el gusto a pólvora de tu boca y el calor de tu infierno en el que hubiera quemado el resto de mis vidas.

Te recuerdo afónico con una esfera metálica entre las manos como si fueras un dios sujetando el mundo a su antojo. Me aprendí tu evangelio de memoria, incluidos tus pretextos y tus túneles sin salida. Esperé hasta que tus aguas me llegaran al cuello y luego abrí la boca. Me convertí en una mercenaria de momentos, robé pieles para cubrirme los tatuajes con tu nombre e hice tachones en un mapa para borrar los lugares a los que fui contigo.
Quise protegerte de las alimañas, sin embargo mis dientes  rozaron tus cueros más de una vez. Fuiste destello, un misterio en el fondo de una fosa llena de escorpiones de valor incalculable. Eché piedras sobre mi tejado a conciencia y apedreé contigo las ventanas de mi casa.

Y ahora me quedo aquí, después de ti, como un insulto, como una aurora cansada, como un mar que ha perdido el compás en el vaivén de sus olas.

©Sonia Jiménez Tirado

©Imagen: Eva Serrano