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©Sonia Jiménez Tirado

El circo de la vida

Llegaste como un equilibrista sin cuerda a la que agarrarse,
desvelado más de mil noches con una tormenta sobre los hombros.
Traías la selva en los ojos, solitario
como un león de circo al que le han recortado la melena.

Te acogí en mi carpa de circense sin licencia
desarmada y sin coraza
creyendo que traías mi salvación prendida del cuello.
Qué tristeza no haber sido sastre para haberte cosido entonces los rotos.

Brillabas, áureo, en mitad de mi ceguera,
te vi cuando nadie te veía,
pero tú, un comediante de la vida
sabías mucho más que yo del humo y la niebla.

Te abrí mi nunca jamás para que entraras,
al modo en que se abren las ventanas para que entre aire nuevo
y te lanzaste a dentelladas sobre mi carne
como hacen los caimanes presos con el cebo.

Derramé sobre ti mi veneno,
temerario todo boca pedías más
y caímos en la trampa de la levadura y el azúcar.
Valió la pena el grito, la trampa y la guerra.

Nunca nadie nos invitó al ensayo general de la verdad y la mentira.
Aprendimos la certeza en el vuelo de las aves,
y corrimos como galgos en busca de la meta.
Supimos más tarde que la cobra también tiembla cuando le agarran la cabeza.

Nos jugamos la cordura con un trilero,
bebimos vino hasta el fin de nuestros días
tallándonos con besos los cuerpos
y esperamos la luz del fin, al fin.

Fuimos dos impares 
incapaces de sumarse al circo de la vida.





© Sonia Jiménez Tirado